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asedanof
22 abr 2020
In I Concurso Literario
Yo no sé de poesía, casi ni de escribir sé, pero sé de amistad, de lealtad, de pertenencia y de tender siempre una mano a quien lo necesite, porque La Ruta me lo enseñó. Yo fui de esos que soñaron durante semanas, meses y años, con esta oportunidad que terminó llegando. No dudé ni por un segundo que lo conseguiría, quizá porque me enseñaron a no rendirme nunca en la vida. Siempre correré detrás del autobús que ya ha cerrado sus puertas. Me imaginé cómo sería la Ruta mil y una veces, tanto que cuando por fin llegó, me pareció vivir un sueño. Quizá tuviera algo que ver con la falta de este, que me llevaba a dormirme en medio de demasiadas conferencias. Pero hey, quien no lo haya hecho que tire la primera piedra. Hice muchísimos amigos, y aprendí a decir adiós, a personas que quiero pero que sé que no volveré a ver en tantos años, que cuando al fin nos encontremos no seremos más que extraños. Hoy en día aún me pregunto si es verdad, si fuí yo realmente quién piso aquellos desiertos y durmió bajo aquellas estrellas desconocidas a la orilla de un océano nunca escuchado. Si realmente fui yo quién llegó más alto y más lejos de lo que mis padres nunca me hubieran llevado. Especialmente en los últimos años, en los que la rutina me sofoca y la vida adulta, con sus responsabilidades, se cierne amenazadora sobre el horizonte, recuerdo aquel verano, el clímax de los sueños locos que atormentaban a mi madre. Recuerdo que pensé que mi vida ya había valido la pena, que había conseguido algo grande, y que me había distinguido irremediablemente del resto, de aquellos que no podían más que desear una vida por fascículos. Los años siguientes fueron aún mejor que la Ruta. Creo que todos los españoles coincidiran conmigo en que las amistades que nacen en los encuentros son aún más numerosas e intensas. El año se basaba en esperar la próxima oportunidad para verse, y fue entonces cuando terminé de comprender la maravillosa familia que había ganado. Pero como todas las cosas buenas, aquellos años también terminaron pasando, y las excusas, prioridades y el “¡Si tuviera más tiempo…!”, dieron por cerrada aquella etapa de mi vida. A día de hoy, soy afortunada si veo a varios de estos amigos al menos una vez al año. Pero para mí es suficiente, porque la nuestra es una amistad generosa, sin reproches, una amistad que valora cada minuto juntos sin pedir nada a cambio. Una amistad de esas que cuesta encontrar. En los numerosos viajes en solitario en los que me embarque los veranos siguientes no podía dejar de sentir que me faltaba algo, que todas aquellas tierras y gentes desconocidas con las que había soñado no me llenaban de la manera que esperaba. Fue entonces cuando se me reveló una verdad que, a mí, la chica que no necesitaba nada de nadie, me destrozó: “La felicidad solo es verdadera cuando se comparte”. Por eso, insisto una vez más, en esa idea cliché, en que la Ruta son sus personas. Su grandeza nace de su capacidad para conectar a todos aquellos que siempre nos sentimos fuera de lugar por lo atípico de nuestras metas. Y por eso, para terminar este texto, quiero aprovechar para dar las gracias a todos aquellos que hacen que, año tras año, esto siga vivo. Porque las palabras se las lleva el viento, son los actos lo que cuenta. Y sé que no es fácil, que a veces dan ganas de decir: “Ya se encargará otro”. Si no fuera por esa minoría, que todavía hoy no tirais la toalla, nuestra familia se marchitaría poco a poco y, lo que es más importante, nadie volvería jamás a experimentar todo aquello que, a mí, me cambió la vida. De parte de todos aquellos que aún esten por llegar, os doy las gracias. ¡Qué viva la Ruta Quetzal! Alicia Sedano Funcia. Ruta 2014
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