• Elba

Crónica VII #EncuentroQuetzal2019

Martes, 30 de julio

Despertar y ver caras nuevas a nuestro alrededor, recoger todo con la perspectiva de una nueva aventura por vivir. Ese era, a grandes rasgos, nuestro día a día, aunque este sería un poco especial.


A las diez nos esperaba Armindo en uno de los parques cercanos al puerto, ilusionado por mostrarnos la sede de su Asociación. Armindo es el presidente de la Casa de Galicia de Ondárroa, y durante décadas ha luchado por mantener vivas las tradiciones del lugar en el que nació, a tantos kilómetros de él. A mí, como gallega, me emocionó lo mucho que se implicaron con nosotros desde el primer momento, apoyándonos y ayudándonos a hacer posible nuestro paso por la localidad. En la zona comercial del puerto, escondida en una de las naves, estaba la pequeña sede: un comedor con vistas al mar en el que reunirse y compartir. Allí nos entregaron a cada uno un obsequio conmemorativo y nosotros, para agradecérselo apropiadamente, cantamos "A saia de Carolina", una canción tradicional gallega que enseñamos a los Ruteros que participaron en el Camino de Santiago dos años atrás. Y es que de eso van la Ruta y los encuentros, de conocer otras culturas, de aprender de ellas, apreciarlas y compartirlas.



La etapa transcurrió tranquila, al menos así la recuerdo; contando anécdotas y charlando sin prisa mientras disfrutábamos de un paisaje que no dejaba de sorprender. Paramos para beber y compartir algunas avellanas en Mutriku, un pueblo marinero situado en la frontera con Vizcaya, y formado por la desembocadura del río Artibai. Allí un señor que pasaba la mañana con un grupo de gatitos se interesó por nosotros al vernos y, orgulloso, nos enseñó la forma en que las gaviotas volaban hacia él cuando les daba de comer.


Cuando llegamos a Deba, agotados, nos dirigimos a la playa sin perder un segundo; estábamos cansados y hambrientos. Un pequeño grupito fuimos a comer a un kebab, y después Pablo me tentó a comerme el helado de yogur de moras más rico que he probado en mi vida. De verdad, maravilloso. Y el helado también.



Una siesta en un parque con visita de la policía incluida (que se apiadó de nosotros dejándonos dormir sobre el césped cuando no se podía, así de decadentes estábamos), un taller de salseo y un baño en la playa después, recogimos todo para dirigirnos al pabellón que nos cederían esa noche, casi un palacio, en la parte alta de la ciudad. Aprovechamos para comprar y jugar en la arena mientras en el horizonte se ponía el sol pintándolo todo de rosa y reflejándose bajo nuestros pies mientras Pai y yo bailábamos a la orilla del mar.



Lo mejor de esa noche, sin duda, el micro abierto que Toño organizó. Fue maravilloso reunirnos todos en torno a él, y reír y emocionarnos con cada una de las actuaciones de nuestros amigos. La poesía, los relatos y la música impregnaron el ambiente. Creo, sin duda, que esa noche nos unimos mucho más. Fue mágico.



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