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© 2019 by Aventura Quetzal

  • Elba

Crónica VI #EncuentroQuetzal2019

Lunes, 29 de julio

No había amanecido cuando el sonido del despertador rompió el silencio de la noche y nuestro sueño: eran las cinco de la mañana y nos esperaba un largo día por delante. Y precioso. Iniciamos nuestra aventura con un amanecer rosado que se dejaba ver entre los árboles que bordeaban un camino que, antes de lo que nos gustaría, se adentraba sin piedad en la montaña.



Habíamos previsto llegar a Lekeitio a media mañana, y a pesar del calor y el cansancio que ya empezábamos a arrastrar conseguimos llegar todos juntos, y ya allí nos separamos. Aprovechamos para tomar algo en una terracita frente al paseo marítimo, juntando mesas para poder estar todos, mientras unos y otros aprovechaban para hacer recados y decidimos, unos pocos, que queríamos hacer la etapa hasta Ondarroa caminando por la Ruta de las Calas, a pesar del calor y de que transcurría por carretera.


En fila india y con los chalecos bien visibles, cansados, hambrientos, guiados por Llur y acompañados por la música el móvil de Pai, conseguimos llegar a medio día a la cala que habíamos escogido al azar en Google Maps, y no pudimos haberlo hecho mejor. Un sendero estrecho y empinado descendía abruptamente entre maleza: la cuerda que lo bordeaba ya indicaba que lo que nos esperaba iba a ser, como mínimo, emocionante. Cargados con las mochilas y temiendo resbalar y morir, conseguimos llegar todos a un saliente de rocas que se abría al mar, azul, precioso, enmarcado por bosques a nuestro alrededor. Era maravilloso. Se nos olvidó lo hambrientos que estábamos y bajamos a bañarnos en las aguas cristalinas de la playa mientras el cielo empezaba a volverse gris.



Comimos y descansamos sin prisa hasta que la amenaza de lluvia nos convenció de que era la hora de irnos de allí y retomar la etapa, muy a nuestro pesar. El resto del camino discurría igual; por una carretera que bordeaba el mar, deleitándonos con un paisaje de cuento que aunaba el verdor del bosque y la belleza de los acantilados.



En Ondarroa nos esperaba la secretaria de la Casa de Galicia de la ciudad, que muy amablemente nos ayudó a conseguir un lugar en el que alojarnos. Puri, encantadora, nos guió entre las calles: bajo la iglesia, junto al río… hasta el colegio en el que pasaríamos la noche.


Una vez allí los ruteros se dispersaron, poniéndose al día unos con otros sobre el transcurrir de la etapa. Ese día empezó el Donosti Express, el concurso favorito de los ruteros que no querían caminar y se organizaban, con divertidos retos, para hacer autostop hasta el pueblo siguiente.



Cenamos juntos acompañados de las voces de Toño y Sema al ukelele, y tras la reunión diaria y la lectura del Buzón Marujón nos fuimos a dormir. Bueno, por lo menos yo, que estaba agotada.


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