Crónica XI #EncuentroQuetzal2019

Sábado, 3 de agosto

Acercándose ya el final de la aventura, se respira el cansancio entre los ruteros: suena el despertador, y cada vez cuesta más levantarse. La etapa que tenemos por delante promete ser larga y cansada, y está poco señalizada, por lo que se decide ir en grupo hasta la primera bifurcación del camino.


Una vez alcanzamos la bifurcación, en el cercano pueblo de Villabona, el grupo se separó en 3: los que fueron en transporte público / autostop, los que fueron por el camino que se adentraba en las colinas, y los que permanecieron en la senda peatonal que recorre el Río Oria.



Los que decidimos seguir por la orilla del Río Oria disfrutamos de unas horas de tranquilidad, siguiendo un camino llano y sencillo, hasta que el sol empezó a castigar nuestras nucas sin piedad. El último tramo, que transcurrió enteramente por asfalto y carretera, fue el más duro. Paramos en la localidad de Hernani para comer, y después continuamos en dirección a nuestro objetivo, Ereñotzu. Un par de horas más tarde nos reuniamos todos en Ereñotzu, un pequeño pueblo de montaña con un frontón, un bar, una tiendecita y una playa fluvial preciosa con la que veníamos soñando todos.

El baño en la playa fue frío, como ya estábamos acostumbrados en esta expedición, pero lleno de vida. Durante el baño no faltaron los peces que se acercaron a darnos "besitos" (o bocados) en las piernas. La corriente no era muy fuerte y la profundidad variaba a lo largo de su recorrido, y los que no querían bañarse tenían césped donde tumbarse a descansar de la caminata. En resumen, un lugar ideal para echar una siesta y reponer fuerzas.

El pueblo de Ereñotzu nos cedió amablemente el frontón local para dormir, con duchas de agua caliente y todo. Nos pasamos el resto de la tarde jugando a cartas, a fútbol y volleyball, bailando salsa y charlando sin más. Y por si fuera poco, incluso abrieron la tienda del pueblo, cerrada ese día por ser festivo, para que pudiésemos abastecernos. Desde aquí, quiero mandar un saludo a esa pequeña tienda de ultramarinos que nos cubrió todas las necesidades y caprichos de esa tarde.


Cuando se hizo la noche, no nos pudimos resistir a hacer algunos juegos nocturnos. Quién diría que, con un poco de motivación, iban a correr nuestros expedicionarios tanto... ¡después de dos semanas de caminatas diarias! El primer juego consistió en una partida de "captura de la bandera", en la que dos equipos se adentraban en el campo contrario con el objetivo de robar la bandera enemiga. Al final, ningún equipo resultó ganador, ya que todos éramos tan buenos jugando que resultó imposible obtener la bandera contraria. El segundo juego fue "la sardina" (no se si os suena). Es un escondite a la inversa. Una persona se esconde, el resto la busca y, a medida que la vayan encontrando se van escondiendo con ella.

Fue una noche bastante memorable, donde nos reímos muchísimo y lo pasamos genial. Después de eso nos acostamos a dormir, preparados para afrontar el último día de caminata al día siguiente.


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